Relatos de la tragedia de Armero hace 20 años
LA LARGA NOCHE DEL 13
- Testimonios llenos de emoción, que evocan lo que fue una horrible tragedia y el nacimiento a una nueva vida, son los que cuentan las víctimas que sobrevivieron a la avalancha del río Lagunilla que borró a Armero en cuestión de minutos. Colprensa recorrió lo que fue la Ciudad Blanca y habló allí con varios de sus habitantes que un fin de semana de octubre fueron a recordar el pasado. Crónica.
Por Argemiro Piñeros Moreno
Enviado especial
Ruinas de Armero, nov. 04 (Colprensa).- Es tarde de domingo, el sol pega con toda su fuerza. Luz Alexis, una linda chica de 22 años juega con su pequeña hija de dos en un costado de lo que es hoy el parque central de lo que fue hace dos décadas la segunda población más próspera del Tolima, Armero.
Luz Alexis, así como lo hace su hija hoy, el 13 de noviembre de 1985 tan sólo jugaba, mientras que a su alrededor su madre se preparaba para salvarla de la tragedia de la avalancha de lodo que sepultó en pocos minutos y en medio de la oscuridad de la noche a la Ciudad Blanca del Tolima.
De lo que pasó ese día la joven dice que se enteró por lo que le han contado durante todos estos años, especialmente su madre Miryam, quien le explicó que nació en el Hospital San Lorenzo, que en la avalancha murió parte de su familia y que su niñez la pasó entre Mariquita y el Líbano.
Miryam es armerita de nacimiento, durante 19 años de sus cerca 50 de vida los ha dedicado a ser vendedora ambulante en el centro de lo que fue la ciudad y recordar a diario a los turistas ocasionales cómo fue la tragedia de esa noche.
Recuerda que en esa época era una de las meseras del tradicional restaurante Popular que estaba en el centro, y fue una orden de su patrona la que le salvó la vida.
"Estábamos en la misa de las cinco de la tarde, el olor a azufre ya empezaba, entonces el padre Campos nos dijo que nos pusiéramos un pañuelo mojado para que no nos hiciera daño ese olor. Luego doña Lucía, la dueña del restaurante, me dijo que tenía quince días de vacaciones y que me fuera. Yo salí en un bus con mi hija y algunas de mis cosas para el Líbano en donde vivía mi mamá", evocó Miryam.
Su aspecto modesto para nada le interesa, pues el paso de los años le han llevado a que pierda su dentadura. Cuenta día a día la historia de la avalancha y termina su relato de cómo vivió ese luctuoso momento.
"Yo volví aquí al otro día de la tragedia. A las siete de la mañana empecé a buscar a un tío mío, su esposa y mis tres primos, esto era todo un lodazal y ya no lo dejaban entrar a uno, ellos quedaron sepultados aquí en algún lado. Un año después, y ya viviendo en Mariquita decidí volver a mi pueblo o lo que quedó del mismo, desde esa época me dedico a vender dulces y contar a los visitantes qué fue Armero", relata Myriam al dejar perder su mirada en uno de los cientos de matorrales que tapan hoy lo que fue la población.
"HABIA MUCHA CENIZA"
Camilo Torres, otro armerita de nacimiento, estaba el día de la tragedia en la población, pero por suerte de su trabajo, la celaduría en una plantación de arroz fue que salvó su vida.
"Eran las cuatro de la tarde cuando me fui del pueblo hacia Lérida, yo trabajaba en una finca productora de arroz, quedaba a las afueras de Armero. Cuando llegué, como a eso de las cinco, me puse a hablar con mi compañero sobre la cantidad de ceniza que había en unos plásticos que usábamos", cuenta este cuarentón que en la actualidad pasa sus días dedicados a los oficios de la albañilería.
Pero recuerda que lo peor vino ya cuando estaba sólo en la noche. "Eran como las once pasadas, de un momento a otro escuché un fuerte ruido que avanzaba y parecía llevarse todo por delante. Tan sólo recuerdo al cabo de un rato que fui arrastrado por el lodo y al otro día desperté en un terreno del Banco Cafetero todo aporreado y con dolores en el cuerpo", evocó Torres, quien intercalaba su relato con la insistencia de que su familia y él vivían en el pueblo y tienen derecho a reclamar sus propiedades en caso de que se vuelva a habitar el extenso terreno.
SE ME ACABÓ EL MUNDO
Carlos Julio Rodríguez fue otra de las víctimas de la avalancha. Hoy tiene 55 años y los 20 que han pasado le han permitido volver a hacer una nueva vida, marcada para siempre por la pasada, en la que perdió a su esposa, la suegra, un cuñado y sus dos "estrellitas", las pequeñas hijas de 4 años y 19 meses.
"Yo era celador con una empresa de fumigación aérea, estaba a la salida de Mariquita, diagonal al Hospital Mental, esa tarde, como a las cinco, me fui y pasé por la calle doce, donde estaban mis otros compañeros un poco angustiados porque ya caía ceniza", explica Carlos Julio, un tolimense que en su mirada expresa el sentimiento de ese 13 de noviembre.
Su relato lo continúa recordando cómo el lodo lo arrastró, por unos cientos de metros pero que para él fueron como cientos de kilómetros. "Esa noche la avalancha me rodó unas seis cuadras, me rompí una costilla, se me abrió el estómago y las piernas se me rayaron. Amanecí en una loma y luego me echaron para San Pedro. Yo estaba perdido, no me podía ubicar, me imaginaba que estaba a muchos kilómetros de Armero y no tan relativamente cerca. Yo no encontré nunca más el sitio en donde vivía con mi familia".
UN GOL QUE NO OLVIDARÁ
Eduardo Rojas, otro armerita de nacimiento perdió hace 20 años a por lo menos 80 familiares entre ellos a su padre y algunos de sus hermanos. "Ese día yo estaba en Bucaramanga por cuestión de mi trabajo, recuerdo que pasadas las dos de la tarde hablé por última vez con mi padre porque ya se empezaba a decir de la lluvia de ceniza. Le pedí que saliera del pueblo, pero me respondió que eso era normal".
Rojas, quien hoy rechaza la idea de que se abra allí, en esos terrenos, un parque al público, evoca que nunca olvidará que en la noche cuando la tragedia se llevaba a su familia, él estaba en el estadio El Campín disfrutando de un gol que marcaba el astro Carlos "El Pibe" Valderrama.
"A Armero llegué muy temprano al otro día, era un lodazal completo. De lo que era nuestra casa no veía nada y nunca encontré a mi familia", finaliza, al dejar escapar su mirada hacia la gran cruz que se construyó en el centro del pueblo cuando vino al país el santo padre Juan Pablo II en 1986, a orar por los miles de muertos.
"YO LE LIMPIO SU TUMBITA"
José Sigifredo Bejarano lleva sobre su hombro derecho una mochila algo ya raída por el uso, y en su mano sujeta un machete y rastrillo. Sus casi ochenta años lo llevan a que camine despacio por las ruinas de Armero, en un recorrido mensual desde hace veinte años con un único fin: Arreglar la tumba de su hija Margarita, a quien la avalancha la enterró en el lugar en donde trabajaba, la Defensa Civil.
"Lo que más me duele es la muerte de mi hija que me quedó acá. Ella tenía 33 años y era secretaria de la Defensa Civil. A la hora de la avalancha ella estaba en la casa, pero la esposa de don Ancízar fue a sacarla para que ayudara y por eso fue que murió aquí", dice este abuelo tolimense, tras agacharse a quitar algo de maleza que hay en la tumba.
"Yo estaba en Bogotá, en el hospital, me habían operado y me dijeron que no regresara a Armero porque esta situación no me servía para mi delicada situación de salud. Eso me dolió mucho y desde entonces visito y arreglo su lapidita", cuenta José Sigifredo mientras consume un helado que se derrite rápidamente en su mano izquierda por el fuerte sol del momento.
Minutos después de contar su historia, este anciano, con paso lento toma el camino de salida del pueblo en busca de algún transporte que le lleve a Lérida en donde vive sólo, ya que hace un año perdió a su esposa, quien de milagro se salvó de la avalancha.
"ME MUERO EN MI CASA"
Otro testimonio vivo de la tragedia es el que pasó José Guillermo Otálora, a quien la avalancha no sólo marcó en el alma sino también lo físico. Un bastón le acompaña de manera permanente para hacer más fácil su desplazamiento, debido a la afectación que sufrieron sus extremidades inferiores al quedar entre el fango por más de 48 horas.
"Duré enterrado dos días y tan sólo hasta en la tarde del viernes me sacaron. Yo quedé en el barrio Protecho. Eso fue como a las once y pedazo de la noche, yo me levanté porque un vecino, don Reinaldo Jiménez, llegó a decirnos que se venía la avalancha. Le dije a mi mamá que nos fuéramos, pero ella me aseguró que la dejará ahí, ´mijo yo quiero morir en mi casa, déjeme aquí´", evoca Otálora.
"Yo quedé enterrado por el lodo, ni me podía mover, quedé todo derechito y de allí me sacaron unos socorristas hasta el viernes en la tarde, cuando salí me desmayé y ya luego aparecí cuando era atendido por los médicos", concluye, no sin antes advertir que no sabe cuál tragedia para él ha sido peor en su vida, si la avalancha o los malos pasos que dio años después en el amor que le llevaron a perder su familia.
PARA NO RECORDAR
María Helena Farfán volvió a Armero en octubre pasado. Hacía unos tres años que no lo hacía. Como siempre sucede cuando llega a lo que fue su pueblo, los recuerdos de ese momento se repiten sin cesar en su cabeza.
"Yo no quisiera recordar nada de eso que pasó. Lo que me dejó fue muy horrible. Estábamos durmiendo, eran como las once de la noche cuando se empezó a escuchar muchos gritos y de un momento a otro la casa se destruyó y la avalancha nos llevó. La avalancha se me llevó al niño de seis meses y de mi marido no sé nada, ellos quedaron atrapados. De ellos no supe nada desde ese momento", explica esta cuarentona mujer que desde 1986 radicó sus nuevas esperanzas de vida en el barrio San Mateo, en Soacha.
"Duré cuatro días sepultada, no me acuerdo dónde quedé. Lo único que yo hacía era sacar los brazos y cogerme de algunas ramas o cosas que habían para no dejarme enterrar, incluso por eso me tuvieron que abrir por un costado para darme oxígeno cuando me sacaron", explicó al mostrar la cicatriz que le quedó en su cuerpo.
Hoy María Helena tiene otro hogar, un esposo y tres hijos, a quienes ama, así como a su primer familia que perdió en la dolorosa noche del 13 de noviembre de 1985.
LA BORRACHERA LO SALVÓ
Y en medio de la tragedia de hace 20 años no faltó el caso curioso, como el que le pasó a Ricardo Ramírez Munévar, un armerita de nacimiento, quien salvó su vida, aunque perdió a 8 de sus familiares cercanos.
"Esa noche me fui a las siete de la noche a Guayabal, le ayudaba a don Argemiro Molina. Allá nos demoramos un rato porque nos tomamos unas cervezas y por eso no regresé. En ese momento todo estaba bien, en la tarde no había problema en el pueblo", recuerda Ramírez, quien volvió a Armero hace tres semanas con el ánimo de evocar nuevamente los recuerdos con los que convive hoy en Pereira, la ciudad en donde reside.
"Murieron mi señora, mis hijos, mis nietos, tan sólo se salvó mi hijo menor, al él lo sacaron del lodo y apareció tres meses después en Bogotá", explica, mientras que con su mano izquierda se quita el sombrero vaquero para limpiar el sudor de su rostro.
MILAGRO Y TELEVISIÓN
Sentada en una cómoda silla ubicada en el antejardín de su casa en Guayabal, Doralis Torres, recordó lo que vivió en compañía de sus hijos la noche de la avalancha.
"Fue un verdadero milagro el que nos salvó. La avalancha de lodo pasó por los costados de la cuadra en donde nosotros vivíamos en arriendo. No entiendo cómo no nos arrasó. Al salir a la calle era todo una locura, se escuchaba un gran ruido y los gritos de la gente que buscaban salvarse", manifestó doña Doralis, tras ser ratificada en la historia por su hijo que la acompañaba en el relato.
Unas casas más adelante está Gilberto Rodríguez, quien la noche de la tragedia estaba en Sincelejo, Sucre. Allá vivía con su esposa e hijo recién nacido. De la avalancha de Armero en donde residía su madre y familiares tan sólo se enteró cuando a las tres de la mañana recibió una llamada de un hermano quien le relató lo que pasó.
Para Rodríguez, las horas que siguieron luego de la llamada fueron de completa incertidumbre, hasta que dos días después en la televisión se le hizo el milagro por el que rogaba, que su familia estuviera viva.
"Yo recuerdo que estaba viendo el noticiero de Juan Guillermo Ríos, cuando de un momento a otro hacen una toma de los damnificados que habían sido rescatados y allá en medio reconocí a una persona, era mi mamá quien iba con otros familiares", recordó, tras decir que su vieja lo dejó hace dos años cuando murió.
Si no fuera por la historia y los testimonios de quienes sufrieron de una u otra forma la tragedia de la avalancha de Armero, el pasar hoy por lo que fue la Ciudad Blanca tan sólo llevaría a pensar al viajero que es un extenso terreno que ha sido devorado por metros y metros de naturaleza y no que debajo de esto quedó un pueblo con más de 23 mil personas.
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